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CRISTIANO RONALDO Y LAS HORAS FELICES

El aficionado deportivo, tanto en su labor más analítica y objetiva, como en la más emocional y subjetiva, siempre tiende a hacer comparaciones con aquello que ha conocido. Jugadores, entrenadores, hazañas, hitos o fracasos por igual, tienden a construir un puente cronológico que finalmente conforma el esqueleto de la historia del equipo de sus amores, dentro del contexto general de la historia del deporte. Pero hay ocasiones en las que dicho aficionado tiene la suerte (no puede calificarse de otro modo) de enfrentarse a escenarios que no encuentran comparación, ya que asiste a algo nunca antes visto.
Es lo que sucede con la inaudita exhibición goleadora de Cristiano Ronaldo en la presente edición de la Champions League en los últimos tres partidos, desde que comenzaran los cuartos de final (aquel terreno maldito para los madridistas durante los años oscuros que sucedieron desde la supresión de los servicios de Vicente del Bosque hasta la llegada de José Mourinho), batiendo por ocho veces las porterías rivales en tan sólo tres partidos, y elevando sus registros numéricos (por si no fueran ya absolutamente históricos) hasta la estratosfera.

Lo que ha hecho Cristiano no lo ha hecho nadie jamás, y vuelve a acentuar el debate sobre la figura de un futbolista en plena madurez, quien en 2016 vivió el mejor año de su carrera, y al que esta temporada se le empieza a poner bajo la lupa de “amortizado” por parte del aficionado menos sensible a la leyenda, ese para quien por alguna extraña razón a cualquier jugador que lleve unos años en el club blanco (sea Emilio Butragueño, Raúl González Blanco, Iker Casillas, Sergio Ramos, Cristiano Ronaldo… o incluso Felipe Reyes, víctima de furibundas críticas en la época Messina) hay que darle pasaporte, ya que es un jugador que vive del nombre y del pasado y que salta al campo por decreto y amiguismo con la prensa. Un viejo discurso que quienes tenemos ya unos años hemos visto desde los tiempos de “La Quinta del Buitre”. Aquel maravilloso equipo que ganó cinco ligas consecutivas haciendo un fútbol de ensueño, que ganó dos copas de la UEFA dejando para el recuerdo remontadas históricas, y al que sólo la irrupción deL Milán de Arrigo Sacchi que venía a inaugurar el fútbol moderno dejó sin el sueño de la Copa de Europa, vivía constantemente envuelto entre críticas respecto a su relación con la prensa, al mimo que recibían por parte del presidente Mendoza, o a la “mano blanda” con entrenadores como Molowny o Beenhakker. Nada nuevo bajo el sol blanco. Créanme, por mucho que muchos madridistas de reciente radicalidad crean que Mourinho les “abrió los ojos” (yo personalmente siempre los he tenido muy abiertos), lo cierto es que este tipo de aficionado negativo siempre ha estado presente entre el madridismo. Quizás sea esto, y no la prensa, lo que de verdad hace daño en nuestro entorno y nos hace vivir en continuas guerras civiles.
La crítica hacia Cristiano, pidiendo su jubilación y despido del club blanco, ha sido en muchas ocasiones despiadada e injusta. No voy a decir nombres, ya que no quiero dar publicidad a esos orates futbolísticos que campan sobre todo en redes sociales, pero la palabra “acabado” ha sido la que más ha acompañado a la figura de Ronaldo durante toda esta temporada. El debate ha sido tan exagerado que ahora, una vez retratados quienes dispararon sobre el portugués durante tantos meses, buscan justificarse con sus particulares equilibrios mentales y dialécticos. El más habitual es escuchar que Cristiano Ronaldo de delantero centro, viviendo en el área, sí les vale, pero todo con una vergonzosa naturalidad, como si lo que acabamos de contemplar en estos tres últimos partidos no sea para tanto. “Sí, ha marcado tres goles, está bien, es lo que yo digo, que tiene que jugar de delantero centro”. Un análisis que vuelve a resultar tan injusto como el de pedir su despido, ya que nos quieren hacer creer que única y exclusivamente Cristiano sólo sabe meter goles, como si ya no fuera capaz de dar un mísero pase de gol o hacer un regate (“no se va ni de un árbol”, llegué a leer ayer por parte de un actual referente de la opinión madridista)
El debate sobre Cristiano como nueve se lleva produciendo en realidad desde hace muchos años. Santiago Segurola, un magnífico periodista al que según quien sea el radical de turno escucharán ustedes llamarle “antimadridista” o “antibarcelonista”, siempre ha defendido tal posición como la idónea para exprimir las virtudes del portugués. Es un pensamiento al que me adscribo quizás desde ante incluso que el periodista vasco. Llevo siguiendo a Cristiano desde su época en Old Trafford y siempre he defendido que nadie en el planeta futbolístico tiene esta demoledora eficacia con ambas piernas y cabeza. Pero es que además… ¿no lleva jugando Cristiano de nueve prácticamente desde su segunda temporada en el Real Madrid? Sólo su primer año, con Pellegrini en el banquillo, ha coincidido habitualmente con un delantero centro puro en el campo como es Gonzalo Higuain. La llegada de Mourinho vino acompañada de jugadores como Ozil (mediapunta) o Di Maria (extremo) que convirtieron al ahora delantero del Napoles en habitual opción desde el banquillo. Cristiano ha tenido libertad absoluta para ser el hombre del área en el equipo blanco, conviviendo con un delantero de vocación mediocampista como Karim Benzema. De hecho la voracidad goleadora del portugués ha sido también objeto de crítica, reprochándole sus dianas ante equipos menores y unos números sensacionales en lo individual que no iban acompañados de títulos colectivos, restando importancia a sus tres trofeos Pichichi o sus cuatro balones de oro. Hablamos de un futbolista al que se le ponía en duda su mentalidad ganadora, acusándole de desaparecer en los compromisos claves. Bien, pues el Cristiano actual es todo lo contrario, habiendo bajado sus números individuales para mejorar sus prestaciones en el colectivo, liderando a un semifinalista de Champions League y líder de la Liga Santander y a un equipo vigente campeón de Europa y del mundo.
Es muy fácil alabar al Cristiano que mete ocho goles en tres partidos claves, después de haber estado meses pidiendo su cabeza. Basta, como hemos dicho, con recurrir al “este es el Cristiano que a mí me gusta”. Como si se tratasen de dos jugadores distintos. Es la vieja treta con la que siempre salir ganador. “Me gusta el Isco que da pases de gol, pero no el que caracolea en el medio campo”, escuchaba ayer en una tertulia deportiva. Como si hablasemos de un robot con dos palancas, una con la leyenda “dar pases de gol” y otra titulada “caracolear en el medio campo”. Es absurdo. Usted no puede querer a su mujer cuando se parece a Kim Bassinger, porque a lo mejor en realidad se parece a Beatriz Carvajal. Usted tiene que decidir quien le gusta, si Kim Bassinger o Beatriz Carvajal, pero no hacerse esos malabarismos. El Cristiano de 2017 es un jugador con sus virtudes y sus defectos, y si queremos hacer un debate serio sobre su figura hay que analizarlo en su globalidad. Un jugador menos brillante en lo individual, pero que refulge en el colectivo de un grupo ganador, grupo cuya mentalidad ganadora encuentra una de sus principales referencias precisamente en el futbolista que ha llevado a un pequeño país como Portugal a ser campeón de Europa de selecciones el pasado año (y no me vengan con lo de la lesión en la final… fíjense en su trayectoria para clasificar al equipo en el pre-Europeo, o vean su partido frente a Hungría cuando estaban más fuera que dentro del torneo)
Creo sinceramente que Cristiano Ronaldo se ha ganado el derecho a jubilarse cuando él quiera, no cuando lo diga el aficionado. Lo más valioso que tiene el ser humano, en mi opinión, es el tiempo. Saber estirarlo, disfrutarlo, dilatarlo, moldearlo… No vean en mis siguientes palabras un intento de llevar el artículo a áridos terrenos (esas guerras civiles de las que hablaba antes), pero no se pueden imaginar lo que echo de menos a Iker Casillas. Estoy realmente feliz con Keylor Navas, me parece un guardameta excepcional y provisto de reflejos felinos, lo cual le emparenta precisamente con Iker, quizás no un tipo de portero ortodoxo, ni académico, pero capaz de salvarte un partido con una parada antológica en el último minuto o atajar un uno contra uno frente al delantero rival. Pero echo de menos a Iker… como echo de menos a mis seres queridos fallecidos o a algún buen compañero ya jubilado. Porque precisamente lo más valioso que tenemos es el tiempo, y poder vivirlo con la gente que nos hace feliz aumenta esa valía. Echo de menos a Iker aunque quizás ya no tenga la calidad de antaño, como sé que echaré de menos a Felipe Reyes cuando deje de verlo capturando rebotes, como sé que echaré de menos a Pau Gasol paseando la identidad de nuestro baloncesto por las canchas de la NBA, o como sé que echaré de menos a Rafa Nadal cuando le deje de ver intercambiando golpes de raqueta con Roger Federer. Porque quiero estirar el tiempo que me hace feliz. Porque no tengo prisa por perderles de vista, y porque eso me parece más valioso que tal o cual título (y precisamente porque soy madridista y he visto a mi equipo ganarlo TODO y creo haberme ganado el derecho a disfrutar del deporte de una manera no resultadista y valorar otras cosas)
Hay un tópico al que recurre el aficionado negativo, ese quien lleva meses pidiendo la cabeza de Cristiano Ronaldo. Es el de que el fútbol no entiende de sentimentalismos y que hay que ser implacable en las decisiones sobre acabar con la trayectoria de los jugadores en nuestro club, aunque hayan sido los mejores de la historia. No pueden estar más equivocados. Si precisamente de algo entiende el fútbol es de sentimentalismos. Si no fuera así tengan por seguro que no sería el deporte que más pasiones levanta en todo el globo terráqueo.

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