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CONVERSOS ALL STAR

El mundo actual en el que vivimos, panegírico de un caos en el que nada es lo que parece y la realidad es como aquello que dijo Esquilo del mar, una sonrisa innumerable, se ha convertido en un escenario de realidades alternativas para que cada cual pueda vivir su propia aventura al estilo de aquellos libros de Timun Mas (los que hayan crecido con los cabezazos de Santillana sabrán de lo que hablo) Esclavos ya de la red con sus luces y sombras, vemos con ojos de espanto y placer indeleble la proliferación de fakes, todos ellos saludados, jaleados y dados por ciertos la mayoría de las veces. ¿En cuántas ocasiones hemos leído supuestas cartas de José Luis Sampedro o Pérez Reverte poniendo los puntos sobre las íes respecto a la situación actual en realidad firmadas por algún bloguero aburrido? Al lado de todo esto convive el exceso de información y la sobreactuación y exposición de cualquier ser humano en las redes, desde el presidente de los Estados Unidos de América hasta el quiosquero de la esquina.

Todo se ha convertido en un exceso circense buscando el más difícil todavía. Periodistas hiperactivos que por apuntarse el tanto de ser los primeros en dar la noticia meten la pata hasta el infinito y más allá y acto seguido silban mirando hacia otro lado, acusando a sus “fuentes” de haberles colado la presunta noticia, que en el momento de publicarla no era presunta si no una palpable realidad... aficionados que por arte de magia saben lo que sucede en el vestuario del equipo del que se confiesan seguidores, para hablarnos de topos, judas, y demás especímenes que conviven en los entrenamientos intoxicando a los madridistas “verdaderos”... y deportistas que han vendido su alma al diablo, esto es, su imagen, a gestores de redes sociales, a esos chavales emprendedores que buscaron su nicho aprovechando que la estrella de turno, por mucho que pese al aficionado, no tiene ni tiempo ni posiblemente ganas de ponerse a mandar mensajes por twitter o facebook sobre su trabajo. Tradicionalmente, en uno más de los tantos prejuicios en los que nos acostumbramos a vestir, pensamos que el deportista de élite es un tipo limitado intelectualmente, pero créanme, no creo que sea tan limitado como para mantener una cuenta de twitter con actualizaciones del estilo “esta noche partido vital en Krasnodar, ¡hala Madrid!” El problema del deportista de élite no es su mayor o menor capacidad intelectual, si no la falta de tiempo para poder dedicarse a este sucedáneo de vida que llevamos la mayoría de los mortales que son las redes sociales. En ese sentido, desde luego, no es tan pobre intelectualmente el deportista que se dedica a meter goles o canastas como el aficionado que cree a pies juntillas que el fastuoso y obsceno teatro de las redes sociales le coloca delante suyo a su ídolo para que puedan compartir experiencias en el más sano de los compadreos.  

Ahí es donde entran en juego las agencias de comunicación, responsables de perfiles en redes sociales, y demás buscavidas que convierten al deportista en una mísera carátula de tristes pero efectivos tópicos para el aficionado de escasas neuronas (“con esta afición imposible perder”, “sois los más grandes”, “orgulloso de llevar esta camiseta”, etc), un placebo para ese aficionado que lo mide todo en “más” (los más guapos, los más grandes, los más listos, etc), fácil venderle el producto, por tanto, a ese consumidor.

Esta conversión del deportista en carátula, en holograma simpático siempre apuntando con la mejor de las sonrisas hacia la siguiente victoria, la han vivido en sus carnes dos de los mejores deportistas españoles de la actualidad, y dos de esos deportistas que, independientemente de la camiseta que lleven, como Pau Gasol, Ricky Rubio, Felipe Reyes, Juan Carlos Navarro, Sergio Ramos, Fernando Alonso, Rafa Nadal o Alberto Contador (por poner algunos ejemplos), no pertenecen a ninguna bandera, escudo, camiseta o ideología (en todo caso la ideología del deporte) en particular, si no que son de todos. De todos los que amamos el deporte y lo entendemos, al igual que sucede en el arte y en la cultura, como un escenario donde el hombre puede alcanzar su máxima expresión como ser humano. En este caso concreto nos referimos a lo sucedido con Andrés Iniesta y Sergio Llull.  

Y es que sonado ha sido el patinazo de los responsables del perfil de facebook de Iniesta y Llull, quienes, evidentemente, son los mismos (sí amigos, cuando leéis un tweet o una actualización de facebook de Llull o de Iniesta, lo más normal es que no lo hayan escrito ellos... y los Reyes son los padres), cuando hace unos días desde el perfil del mediapunta del Barcelona publicaban una foto de Llull delante del autobús del Real Madrid rumbo a Atenas para jugar uno de los últimos partidos de liga regular de Euroliga ante el poderoso Olympiacos de Spanoulis. Un despropósito plagado de cachondeo acentuado por el hecho, consecuentemente recordado, de que Andrés Iniesta era un acérrimo madridista en sus años mozos, hecho reconocido por el propio futbolista con una normalidad que engrandece todavía más la figura del jugador.  

“Yo era del Madrid a todo poder”, lo dice un pequeño Iniesta enrolado en categorías de formación del Barcelona en un vídeo que cualquiera puede consultar en you tube ¿Puede haber un solo barcelonista capaz de reprocharle al genio de Fuentealbilla su pasado madridista? El episodio sucedido con Iniesta, transformado en Llull por el error del responsable de la página, me ha hecho divagar sobre este tema para escribir unas líneas y aprovechar la libertad que me proporciona uno de los pocos escenarios de madridismo no sectario donde un librepensador puede expresarse sin tener que plegarse a dogma alguno. Al fin y al cabo la libertad debería ser aquello que dijo en su día aquel gran libertario que era George Orwell, “decirle a los demás lo que no quieren oír”. Yo asumo que les digo a muchos madridistas lo que no quieren oír, y añado que me da igual puesto que mientras ellos continúan con su mantra de tópicos y frases hechas y su indignación ante los “piperos” (fuente de proteínas las pipas de girasol), su búsqueda de antimadridistas escondidos en bunkers liderando sociedades secretas y su ridícula acusación sobre “poner la otra mejilla”, yo seguiré haciendo, diciendo y escribiendo lo que creo, es decir, todo lo contrario de poner la otra mejilla. No callarme, por muy incómodo que sea lo que tenga que decir, está muy lejos de lo que esos perros ladradores llaman “poner la otra mejilla”.

El caso es que lo sucedido con el rostro de los helados Kalise me ha hecho detenerme a pensar sobre la figura del “converso”, ese deportista que de niño era de un equipo pero la vida le llevó al eterno rival, y no de un modo anecdótico, si no para convertirlo y convertirse en uno de los históricos del club en cuestión. No creo en verdades absolutas, por lo tanto no creo ni en el madridista “de cuna” ni en el madridista “de nuevo cuño”, sólo creo en el madridista, el que no necesita reivindicar nada, ni ponerse medallas, ni repartir carnets, ni decir cual debe ser el camino, y mucho menos marcar ese camino con un dedo metido en el ojo, cuando precisamente eres otro “converso” que años antes compadreabas alegremente por el cesped del Nou Camp con Luis Enrique y Guardiola mientras esperabas tu momento para ser el primer entrenador del club de tus amores, oportunidad que nunca llegó y te volviste un “converso” resentido.  

Es muy fácil ser madridista cuando desde niño te lo han inculcado. Cuando recién nacido ya te hacen el carnet de socio del club blanco a la par que te bautizan, sin preguntarte, decidiendo ya gran parte de tu destino, dentro de ese “hooliganismo” de muchos padres que buscan desesperadamente que sus hijos sean por todos los medios una versión mejorada de ellos mismos, o directamente lo que ellos nunca pudieron ser, descargando toda su frustración en sus vástagos, pero, ¿no es acaso mucho más meritorio la figura del madridista que no nace, si no se hace?, ¿qué abraza el culto blanco en una edad ya intelectualmente madura (la cual sucede a partir de las adolescencia... excepto si eres un ultra sur, claro, y vives perennemente en una fase anal mononeuronal)?, veamos algunos casos: Raúl González Blanco, el Di Stefano contemporáneo, el hombre que lo dio todo cada vez que vistió la camiseta blanca, el jugador que no era un 10 en nada, pero un 7 en todo, sale de la cantera del Atlético de Madrid. En las videotecas puede verse en un infame programa de Telecinco, en aquella época de caspa y brío y relinchar de Imperioso, al infame Jesús Gil presumiendo de su máximo goleador en categoría infantil. En efecto, era Raúl González Blanco. Poco después el estafador y presidiario presidente del Atlético de Madrid se cargó las categorías inferiores del club rojiblanco, porque al parecer no había dinero para mantener el fútbol base (si lo había para sus múltiples pelotazos y estafas, y por supuesto para sus cabalgatas por el centro de Madrid el año del doblete), Raúl se llevó sus piernas, su olfato de gol, su gen ganador y su testiculina al Real Madrid, y el resto es historia. La relación Atlético-Real Madrid daría para mucho (Schuster, Hugo Sánchez...), pero me detendré en dos personajes, uno por cada “acera”. Luis Aragonés, icono absoluto de la afición rojiblanca, ficha por el Real Madrid en 1958 después de vestir la camiseta del Getafe. No llega a debutar con la elástica blanca y es cedido a distintos equipos, hasta que en 1964 llega al Manzanares para convertirse en una de las grandes leyendas del club rojiblanco. Pero la relación de Zapatones con el club blanco no acabaría ahí. Siendo entrenador del Espanyol, en 1990, recibe una oferta de Ramón Mendoza para sentarse en el banquillo madridista. No se pudo consumar por mor de la negativa del club de Barcelona, pero Luis se refirió a aquella oferta, literalmente, como la oportunidad de su vida. Con el tiempo se ve a Aragonés como un símbolo rojiblanco que implicitamente conlleva antimadridismo... la realidad es que era un hombre de fútbol que hubiera deseado, primero jugar, y posteriormente entrenar, al club de nuestros amores. Si pudo vestir la camiseta blanca el mítico Juan Gómez, Juanito, en categorias inferiores rojiblancas desde 1969. Una lesión debutando con el primer equipo en 1973 hizo acabar con sus huesos en Burgos, desde donde el Real Madrid decidió contratarle para convertirle en leyenda. Dos casos distintos pero similares: Luis, el madridista que acaba siendo leyenda atlética... Juanito, el atlético que acaba siendo leyenda madridista. Y no se olviden de Grosso, el heredero del 9 de Di Stefano fue cedido al Atlético en 1963, cuando los cañones de las redes sociales no atronaban tal que ahora, y ayudó al club del Manzanares a evitar el descenso. Luego jugaría 12 años en el Real Madrid. Por citar un caso actual, uno de los integrantes de la guardia pretoriana del actual Atlético del Cholo Simeone, Juanfran Torres, es canterano del Real Madrid.  

Si hablamos del Barcelona la historia resulta todavía más enjundiosa. No puede ser de otro modo cuando el mayor mito madridista hasta la fecha sigue siendo el querido Alfredo Di Stefano (veremos si la memoria colectiva acaba situando a Gento, Raúl, Casillas o Ramos por encima, pero de momento Don Alfredo parece inamovible en su posición de gran jerarca de las glorias deportivas blancas), protagonista del posiblemente fichaje más sonado de toda la historia del fútbol mundial. La Saeta Rubia jugaba en Millonarios, pero sus derechos pertenecían a River Plate. El club de Santiago Bernabeú atacó por el lado del club en el que militaba el jugador, y el Barcelona por el de su club de origen. Di Stefano llegó a viajar a Barcelona con la camiseta azulgrana en la mente, pero el tira y afloja entre Millonarios, River Plate, Barcelona y Real Madrid acabó en los juzgados con la inaudita decisión de que el jugador vestiría de manera alterna ambas camisetas, un año siendo jugador madridista y al siguiente azulgrana. Insólito. Aquel arreglo bizarro no llegó a consumarse dada la renuncia barcelonista, con lo cual el mítico todocampista fue propiedad del club blanco, cambiando, como todo el mundo sabrá, la historia del fútbol madridista para siempre.

La historia no deja de guardar algún paralelismo con el rocambolesco fichaje de otro mito deportivo, en este caso de las canastas, que acabó enrolado en la disciplina blanca después de que inicialmente viajase a España para estampar en su firma en un contrato azulgrana. Hablamos de Drazen Petrovic, quien tenía un acuerdo con el club barcelonista dirigido en su sección baloncestística por Salvador Alemany. Una vez en la Ciudad Condal, Drazen se encontró con que el club que entrenaba Aíto García Reneses no se decidía al fichaje. Ramón Mendoza no se lo pensó dos veces y ató a un jugador al que tanto le daba vestir de blanco que de azulgrana, con tal de hacerlo en cualquiera de los dos grandes del basket español. Un año después y pese a tener contrato en vigor, Drazen daba la espantada a punto de comenzar una nueva temporada y se marchaba a Portland. Increíblemente una gran parte del madridismo lo tiene en un pedestal mientras desprecia a Sergio Rodríguez por irse a Philadelphia después de seis años y la consecución de todos los títulos posibles. Cosas veredes.

No ha habido converso que haya levantado más pasiones que Luis Figo. Ni siquiera Mourinho, fíjense bien (a quien imagino que en Barcelona no quieren ver ni en pintura, ya que si no llegó a poder entrenar al club de sus amores, al menos se empeñó en que le recordasen para siempre aunque fuera a base de dedazos en el ojo) Figo fue la carta de presentación del empresario Florentino Pérez, ese extraño elemento insensible y absolutamente ajeno a cualquier aspecto deportivo, pero a la vez (y así se ha demostrado) totalmente necesario para entender el Real Madrid como un club ganador. Bajo el mandato de Lorenzo Sanz se habían ganado dos copas de Europa, rompiendo aquel maleficio de “la séptima” (duró 32 años, un suspiro para cualquier otro club, una eternidad para una entidad que no admite la derrota), y sin embargo el socio dio su voto a aquel Robocop maquiavélico , frío como el acero pero armado de precisión quirúrgica para derrotar a un rival bicampeón de Europa. Sí, Sanz tenía dos copas de Europa, pero Florentino se traía bajo el brazo al jugador que más envidias levantaba por parte del aficionado en el eterno rival. Y es que ver jugar a Figo era un placer que hacía que mereciera la pena pagar una entrada, independientemente del resultado final. Símbolo de un Barcelona que se enorgullecía de un juego que estaba por encima de números, resultados o títulos, su fichaje por el Real Madrid provocó un auténtico terremoto en Can Barça, mostrando las costuras de un esperpéntico Joan Gaspart, desatando su comportamiento de forofillo del tres al cuarto y no de presidente de una gran institución. Poco importaba que Figo hubiera cantado aquello de “blancos llorones, saludad a los campeones” en la plaza de Sant Jaume. Lo que importaba es que la flecha portuguesa ahora vestiría de blanco para que los aficionados pagasen gustosos sus entradas para acudir al Bernabeu y las televisiones se frotasen las manos ofreciendo el espectáculo de ver al mejor jugador del momento vistiendo la camiseta del club más legendario de la historia, y encima viniendo del eterno rival. Si a Mick Jagger las fans le tiraban sujetadores, Figo desató un fenómeno desconocido hasta el momento. El movimiento “hater”, a falta de redes sociales donde desahogar todas sus miserias, canalizaba su podredumbre en 2002 lanzando una cabeza de cochinillo al corner donde Figo iba a ejecutar un saque de esquina en el Nou Camp ya vestido de blanco. Extraña fijación la de la afición barcelonista con la ganadería porcina, si recordamos aquella ocasión en la que soltaron un cerdo en su estadio rotulado con el nombre de Brito, en alusión a Brito Arceo, uno de los múltiples enemigos por aquel entonces para un club empeñado en vivir acomplejado y envuelto y en el victimismo.  

A día de hoy, por tanto, no debería escandalizar que Iniesta haya sido de crío seguidor madridista, de igual manera que no debería hacerlo el hecho de que Isco tenga un perro llamado Messi. Tampoco Guti se debería rasgar las vestiduras porque alguien recuerde que de chaval jugaba en la Peña Barcelonista de Torrejón de Ardoz y vistiera de azulgrana. Xabi Alonso, hijo del ex -jugador azulgrana Periko Alonso, manifestó ya siendo jugador madridista en la ETB su simpatía por el Barcelona. Aquello pasó desapercibido, supongo que porque al bueno de Xabi lo enrolaron en aquella cosa tan ridícula e infantil de la “yihad mourinhista”, un juguete para que algunos acomplejados pudieran sacar a pasear la bilis. De igual modo el bueno de Xabi, recuperándose de una pubálgia, se podía ir por las noches a tomar copas al Siroco con su amigo Manuel Jabois escuchando a los grupos indies de moda. Aquello molaba. Era cool. Madridismo intenso. Pero pobre de un Iker Casillas que se atreviese a comer un solomillo con Santiago Segurola a las tres de la tarde acompañado de un aguan mineral. Topo, judas, y un largo etc de despropósitos. En aquella entrevista en la ETB (pueden buscarla en You Tube) Xabi Alonso admitía, por cierto, sus diferencias en el vestuario con Cristiano Ronaldo, el portugués de ego encendido con el que casi nadie se hablaba... el problema viene cuando se machaca a nuestro capitán por venir a decir lo mismo, pero se hace la vista gorda con un miembro de la Yihad. Que nadie se lleve a equívocos. Estas líneas no van contra Xabi Alonso, al contrario, en todo caso contra los acomplejados que necesitan una Yihad a la que nadie llamó al bueno de Xabi. Xabi Alonso me tiene ganado precisamente por su absoluta falta de complejos, su libertad de pensamiento, su ruptura con los dogmas... es el mismo Xabi Alonso que fichó por el Bayern Munich admitiendo que una de las razones era poder trabajar para Pep Guardiola. Sí, Pep Guardiola, ese satán que mea colonia y que sin embargo un librepensador de la Yihad Mourinhista como Xabi Alonso admitió que deseaba trabajar para él. Esta es la diferencia entre un librepensador de pensamiento global, amplio de miras, frente a una mirada unilateral que sólo admite una verdad. Pero en esta esquizofrenia del pensamiento verdadero y del madridismo de raza no hay mayor figura que la de Jose Mourinho. Y precisamente Jose Mourinho, en efecto, nos ha abierto los ojos y ha quitado muchas caretas. Porque sólo así se puede entender que un hombre criado para el fútbol en el Barcelona se haya convertido para muchos en el gran referente de un madridismo, presuntamente, auténtico. Mourinho es el gran converso. Es el dedo en el ojo o el reciente codazo de Tomic. Mourinho desnuda la pobreza de quienes sólo veneran el color, la bandera. Mourinho meterá un dedo en el ojo del entrenador rival, comparecerá en ruedas de prensas ridículas, amenazará a la prensa, dará lecciones de forofismo (barcelonismo, madridismo, chelsismo, interismo, mancunianismo), llorará por los arbitrajes, se quejará del calendario, buscará topos, insultará a sus jugadores, insultará a sus utilleros, insultará a sus servicios médicos, hará todo eso y más, sea cual sea el equipo al que entrene, pero por alguna razón que sólo puede entenderse a vivir con una venda en los ojos, nos lo seguirán vendiendo como epítome de madridismo verdadero, cuando no es más que un refrito de discursos victimistas en cualquier estela de cualquier totalitarismo de libro que se basaba en decir, cual Sastre, que el infierno son los otros, y ese discurso será total y absolutamente igual bajo una bandera blanca que azulgrana que rojiblanca, por eso Mourinho, que duda cabe, es el gran converso y quien más ha abierto los ojos a los talibanes que no soportan conversos y siguen pidiendo pruebas de pureza de sangre madridista y que juremos sobre la Biblia cual es nuestra única fe.

Cuando las cosas van mal siempre son susceptibles de ir a peor. Mourinho nos dejó una liga de ensueño, es cierto, pero, ¿mereció la pena pagar ese peaje?, peaje de destrozar un vestuario y enfrentar una afición y alentar una guerra civil que a día de hoy todavía perdura. Aún no hemos podido apagar del todo aquellas llamas, y es que cuando se viene a hacer daño en una institución tan mediática como el Real Madrid, en la que el aleteo de una mosca se convierte en un estruendo ensordecedor, sabes que lo tienes a mano. No tienes más que espolvorear un poco de veneno, sembrar dudas, meter cizaña, vender victimismo y hablar de conspiraciones judeomasónicas que no te dejan ganar la “shempions”, sin importar que estés ofreciendo ruindad, maquiavelismo, pobreza táctica y un abnegado Pepe de mediocentro a levantar la pierna cada vez que vea pasar por ahí a un tal Leo Messi. ¡Fútbol de altura, sí señor!  

Si me preguntan por un converso que haya llegado al Madrid, desde Barcelona, para destrozar y desestabilizar a este club, sólo se me ocurre una figura que pueda competir con Jose Mourinho. Es Antonio Maceiras, y a la par, claro, Messina. La diferencia con Mourinho, dentro de esta triple M mortal, es que Maceiras y Messina son dos caballeros (y que no nos dejaron ninguna liga de ensueño), vinieron y se fueron discretamente, sobre todo Maceiras, del que seguro que muchos madridistas ni se acuerdan, pero sólo estuvo un año (afortunadamente) en el que se cargó todo el Real Madrid de Joan Plaza, llenó el roster de veteranos del Viet-Nam, y al verano siguiente se largó a seguir dándose la vida padre en la NBA. Si me dicen que Maceiras venía pagado por el Barça (nueve temporadas en los despachos del Barcelona, repito, nueve temporadas en los despachos del Barcelona) me lo creo. En realidad que Maceiras lleve décadas viviendo del basket es uno de esos misterios de la vida, como que Melendi viva de la música o Ray Loriga de la literatura. Pero bueno, esto es así porque el mundo es el que es, y hay un público mononeuronal que demanda melendis, rays lorigas y cree que el baloncesto de corbata en los despachos de Maceiras es tope cool al contrario de esos matados de Sánchez y Herreros (sigh) Maceiras nos dejó uno de los peores años de baloncesto madridista (al año siguiente volvió Sánchez, y aunque siguió Messina se hicieron fichajes que sirvieron para el futuro, como el Chacho Rodríguez o Carlos Suárez) de la historia, pero para algún aficionado que sigue pensando que el nombre supera al hombre, increíblemente, la llegada de Maceiras supuso el comienzo de una etapa de seriedad hasta el punto de recibirle en grupos madridistas de redes sociales con el mantra de “contigo empezó todo” (y no me tiren de la lengua, pero las risotadas que me eché con este tema todavía resuenan por los alrededores)

Empezaba este artículo hablando de Iniesta, cuya simpática anécdota en redes sociales confundiéndole con Llull me ha llevado a estas pequeñas reflexiones. ¿Saben ustedes que Iniesta llamó a sus amigos del Real Madrid (sí, muchos jugadores del Real Madrid y Barcelona son amigos, ¿qué les parece?, ¿les echamos de sus respectivos clubes, por falta de pureza, por no plegarse al dogma?) para disculparse por la ausencia de futbolistas azulgranas en la gala de los premios The Best? Iniesta ejerció de capitán. De igual manera que ejerció de capitán Iker Casillas (me cuesta escribir su nombre sin ponerme de pie y hacer reverencias) cuando el topo barcelonista Mourinho intentaba desestabilizar y cargarse al Real Madrid. Iker ejerció de capitán para enderezar una situación que había traspasado las fronteras del fútbol y el deporte para convertirse en un ejercicio de supremacía por la barrabasada más grande. A mucha gente le cuesta entender la gran amistad entre Iker Casillas y Xavi Hernández, labrada desde el Mundial Sub-20 de Nigeria en el 99, en el que fuimos campeones, igual que les cuesta entender la relación entre Pau Gasol, Navarro y Felipe Reyes, hombres que cambiaron nuestro deporte, precisamente porque ellos son deporte, aman, viven, sienten y padecen el deporte. No son un color. Son deporte.  

Y para finalizar me dejo a mi converso favorito. Noticia desde hace días, cuando se ha convertido en el máximo reboteador histórico de la ACB. Hablo de un chaval de Córdoba que creció admirando a su hermano, que se vino a Madrid a jugar en ese club histórico y necesario que es el Estudiantes. Hablo de aquel Felipe Reyes descarado que le disputó una liga al Barça de Pesic del triplete, que se partía la cara cuando jugaba contra el Real Madrid, que se reconocía seguidor del Atlético de Madrid y afirmaba que no le importaría jugar en el Barça. Felipe Reyes es el máximo ejemplo a día de hoy de madridista que no nace, pero se hace, se hace en cada bloqueo, en cada lucha por el rebote, en cada defensa, en cada ataque... el capitán al que querían echar porque no dejaba progresar a Mirotic, porque jugaba por decreto, o porque era amigo de la prensa (¿les suena la historia?, Raúl, Casillas, etc... ¿hasta cuándo este cainismo?, ¿estas luchas intestinas entre nosotros?, ¿cuándo vamos a dejar de masacrarnos a nosotros mismos?)  

Frente al fanatismo, naturalidad.

Frente a la pureza de sangre y supremacía racial, los conversos.  

Al fin y al cabo se trata de reivindicar un deporte en el que podamos admirar a gente como Iniesta o Felipe Reyes, ¿no creen?

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