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¿POR QUÉ SOMOS DEL MADRID?

El retorno de Rafa Nadal a la primera línea mediática tras su gran papel en el Open de Australia, finalizando como brillante subcampeón por detrás de un eterno Roger Federer, viene a engrandecer la colosal figura del mallorquín, de nuevo instalado por derecho propio en el debate sobre mejor deportista español de la historia. Nadal pertenece a esa rara especie de deportistas capaces de desenvolverse por igual en la victoria que en la derrota, haciendo caso a los consejos que Rudyard Kipling advertía en su célebre poema “If” sobre considerar al éxito y al fracaso como dos grandes impostores. Nadal se erige por tanto en deportista universal, una figura de todos, pero en especial elemento de orgullo patrio para quienes no son muy dados a las muestras de afecto con su país pero el deporte si les permite lucir bandera sin complejos, y en especial, claro, elemento de orgullo madridista, condición que el propio tenista siempre ha reconocido para alegría de la afición blanca.

Es un madridismo meritorio el de Nadal, nacido en una isla tan barcelonista como Mallorca (se dice que el tenista medió en la “conversión” de Marco Asensio, aficionado culé en su infancia) y sobrino de quien fuera pieza fundamental durante ocho años del Barcelona de Johan Cruyff en los 90, el medio centro Miguel Ángel Nadal. Parecería por tanto lo más lógico que el bueno de Rafa hubiera crecido admirando las hazañas azulgranas (que no despreciando las blancas, porque algo me dice que Rafa Nadal sería exactamente el mismo deportista caballeroso fuera cual fuera el equipo de sus amores), pero por alguna razón que no se acierta a discernir, y que sólo puede explicarse desde el terreno emocional, decidió que su fervor iría hacía el madridismo. Y aunque no se acierte a discernir, personalmente no me cuesta entenderlo, ni a mí ni a muchos quienes (independientemente del contexto espacio-temporal en el que nacimos) somos eso que se llama madridistas “de provincias”, sin un padre o abuelo que nos llevase al Bernabéu de niños, sin mayores que nos metiesen el madridismo por los ojos, hijos de un madridismo autodidacta, sólo entendible a través del estremecimiento que en un momento dado te provoca contemplar las evoluciones de Butragueño o Biriukov y que no aguanta

comparación con el que podía producirte ver a Lineker o Epi. ¿Por qué? Ni idea. ¿Por qué The Who o Small Faces te vuelan la cabeza más que The Beatles? ¿Por qué Ramones antes que Kiss? Todo es rock and roll. Todo es fútbol y baloncesto. Pero en un momento dado, por carisma, intensidad emocional, lo que sea, algo te llega más adentro. Eso no significa el desprecio a aquello que no causa tu conmoción total, al contrario, que Chechu Biriukov se convirtiera en el ídolo de mi infancia conviviendo en el mismo escenario que jugadores tan gigantescos como Epi o Villacampa (por ceñirnos exclusivamente a su posición) habla de la figura tan carismática que representaba el hispano-ruso, a efectos empáticos y de influencia en un chaval, figura que se engrandece cuanto más grandes eran sus rivales y compañeros de la época.

Pertenece por tanto Nadal a ese tipo de madridistas no excluyentes. Porque Nadal es de todos. Es de los madridistas, de los barcelonistas, de los atléticos, de los béticos… o mejor dicho, todos son de Nadal. Representando así esa universalidad que siempre se ha pretendido para la entidad blanca. Club cosmopolita y abierto, contrario a las fronteras de cualquier tipo, tanto físicas como mentales.

Todas las aficiones tratan de establecer una diferencia con el resto, diferencia basada, como no, en una superioridad, la superioridad de los mejores. Los más. Los que más animan, los que más cantan, los más cachondos, los más violentos, los más pacíficos, o incluso los más sufridores. Todos quieren ser los más, y recurrir a ese tópico existencialista de “¿por qué somos de este equipo?”, como si se planteasen una duda a la altura de las más grandes preguntas de la historia de la humanidad desde Platón hasta Schopenhauer, buscando en la identidad de la tribu un confort dogmático que a su vez les haga no plantearse otro tipo de preguntas más incómodas, como porqué odian a los rivales, insultan a los árbitros, o incluso que pasaría si cuando a cientos de kilómetros de distancia, hubiera sido Epi quien me hubiera envenenado de pasión baloncestística y no mi querido Biriukov. Tratamos por tanto de convencernos de que nuestra tribu es la mejor, que nuestra elección se debió a una inteligencia superior a la de quienes optaron por otros colores, y no simplemente por ese momento de emoción infantil que te producía ver a tu jugador o jugadores favoritos. Tenemos que convencernos de que nuestra afición es la mejor, la religión verdadera, el auténtico dogma de fe, cuando la lógica realidad nos dice que en todas las aficiones hay gente buena y gente mala, gente fea y gente guapa, gente lista y gente tonta, gente delgada y gente gorda, y un largo etcétera de variedades dentro del gran catálogo que supone el paisaje humano. Buscamos la diferencia en el colectivo, cuando el colectivo por definición iguala y no diferencia, porque la única diferencia y la única reivindicación es la que usted, como individuo único, subjetivo y absolutamente intransferible en sus actos y emociones, obtiene de su individualidad. Y es en esa maravillosa individualidad donde emerge la figura de un deportista como Rafael Nada Parera, campeón entre los campeones y madridista universal.

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