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EL EGO Y EL ESTILO

cris camaraUno de mis pequeños placeres es leer y escuchar las críticas cinematográficas del señor Carlos Boyero, curioso personaje practicante de una pedantería y un esnobismo bien entendidos, preñados de sensibilidad, wilderianos (de Oscar, aunque a buen seguro Boyero sea más devoto de Billy), que ya no se estilan. Todo en Boyero resulta anacrónico, de otra época, hasta el punto de admitir sin ningún tipo de tapujos su absoluta indiferencia ante las nuevas tecnologías y proclamar abiertamente que jamás ha sido usuario de internet. A Boyero los fans le perdonamos todo, incluso sus diatribas contra la saga “Star Wars”, a la que en un sano ejercicio de libertad de expresión (algo que me temo sigue siendo asignatura pendiente en este país) despelleja sin piedad cada vez que a las pantallas llega un nuevo producto basado en la historia ideada por George Lucas décadas atrás.

Boyero es madridista. Pero como en otros órdenes de la vida su madridismo también parece de otra época, por eso no me ha extrañado cuando en más de una ocasión le he escuchado atacar a esa leyenda viva que es Cristiano Ronaldo. No le soporta. Ni sus grititos (esto, ciertamente, es comprensible, el “¡siuuuuu!” de Ronaldo en aquella gala del Balón de Oro no sólo resultó un tanto patético, si no que nos ha traído una nueva especie de neandertales nocturnos que en cuanto van cargados con una copa de más sueltan el ridículo chillido por las calles), ni sus gestos, ni sus carantoñas, ni su airado lenguaje no verbal, ni por supuesto su lenguaje verbal manifiestamente ególatra y pagado de sí mismo. En contrapunto el señor Boyero admira con maneras pasionales la figura de Zinedine Zidane, con un fervor casi homoerótico, salivando ante la presencia imponente del francés y su porte helénico, que pareciera esculpido y cincelado en la Grecia clásica. Y hay que admitir que si Zizou ya era la elegancia personificada sobre el verde tapete debido al dulce trato con el cuero, en su labor de entrenador amplifica esa estética con un porte imperturbable, su gusto por los abrigos largos, los trajes bien planchados, y los zapatos italianos. Si Boyero observa el fútbol en términos cinematográficos es comprensible que vea en Cristiano al pérfido gañán de una mala película de acción, el villano egocéntrico o matón del barrio, bocazas, chulo y pendenciero del que los espectadores están deseando que reciba una buena lección por parte del héroe del film. Zidane por su parte parece el hierático protagonista de una buena película de espionaje, una especie de Harry Palmer moderno capaz de mantener la compostura y el traje sin arrugas en medio de una pelea dentro de un helicóptero a diez mil pies de altura. 

Pero lo cierto es que no hablamos de personajes cinematográficos, si no de profesionales del deporte al más alto nivel. Por eso tengo que recordarle a mi admirado Boyero que el comportamiento histriónico y excesivo de Cristiano Ronaldo no es sino la continuación en una genealogía difícil de precisar en su origen, pero que quizás encuentre en la figura del mítico boxeador Cassius Clay/Muhammad Ali su exponente más rotundo. Trascendiendo los límites del cuadrilátero y convertido por derecho propio en uno de los grandes iconos del siglo XX, el púgil de Kentucky nunca se cortó un pelo a la hora de proclamar su superioridad sobre los rivales. Todo el mundo recordará las imágenes de un desafiante Ali proclamando a la cámara que era “el más grande”. No sólo eso, tampoco tenía reparos en reconocer su propia belleza (“I am pretty” solía exclamar… ¿les suena?) La figura de Ali se convirtió en legendaria, tanto que en el pensamiento colectivo suele considerarse como el más grande de todos los tiempos. No obstante eso no fue óbice para que décadas después otro profesional del cuadrilátero reconociese públicamente ante los medios ser mejor que Ali. Hablamos de Floyd Mayweather, el hombre de las 49 victorias y 0 derrotas.

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En un país excesivamente “futbolizado” (y extraordinariamente centrado en madridismo y barcelonismo, como si todo empezara y acabara en ambos clubes) tendemos a pensar que el futbolista es por lo general un niñato egocéntrico y caprichoso, pero si echamos un vistazo a otros deportes, habitualmente más seguidos en la cultura anglosajona, encontramos ejemplos que hacen palidecer al insaciable goleador del Real Madrid. A Button, Hamilton o Alonso no les hemos dejado de escuchar echarse flores a ellos mismos. En Baloncesto la NBA es un escenario ideal para las exhibiciones de amor propio, empezando por The King LeBron James, posiblemente el mejor jugador del mundo quien nunca ha escondido su arrogancia desde que con 17 años la prestigiosa revista Sports Illustrated le proclamase “El Elegido” en su portada, pero continuando por un buen número de presuntos “súbditos” como Russell Westbrook o James Harden, quienes se levantan con el calificativo “the best” tatuado cada mañana en sus cerebros.

Pero lógicamente el fútbol tampoco escapa a la egolatría. El mito carioca Pelé no tiene dudas sobre quien ha sido el mejor futbolista de todos los tiempos: Edson Arantes do Nascimiento. Es decir, él mismo. Por supuesto años después el astro argentino Maradona no tuvo ningún reparo en proclamarse por encima de todos los habidos, incluyendo a Pelé. El inimitable George Best llegó a admitir en una ocasión que “si yo hubiera nacido feo nadie habría odio hablar de Pelé”, con lo que daba a entender que su calidad era tanta que si se hubiera entregado 100% al deporte no hubiera tenido parangón, al mismo tiempo que se reconocía poseedor de cierto encanto y particular belleza, un encanto que le llevó de alcoba en alcoba mientras cultivaba sin descanso cualquier tipo de hedonismo. Incluso la arrogancia de Cristiano Ronaldo empequeñece si la ponemos en comparación con la de otro jugador por cierto de un nivel sensiblemente inferior como es el sueco Zlatan Ibrahimovic. El propio jugador portugués, y ahora hablamos de banquillos, conoce bien lo que es tener a su lado a un personaje ególatra gracias a la figura de su compatriota y ex –entrenador José Mourinho, quien no ha necesitado esperar a ningún reconocimiento ajeno y él mismo decidió autoproclamarse “The Special One”.   

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No deja de ser por tanto Cristiano una pieza más dentro del circo mediático que resulta en no pocas ocasiones el deporte de élite. Un teatro donde conviven actores de tan distinto signo como el de los personajes que hemos hablado al lado de los Andrés Iniesta, Rafa Nadal o Pau Gasol. Genios que no necesitan contemplar su reflejo en el agua cual Narciso para dar la mejor versión de sí mismos una vez vestidos de corto. Perfiles en los que también coincidiría Zinedine Zidane, artista de maneras tranquilas y de quien en una broma cruel del destino se recuerda su retirada de los terrenos de juego con aquel cabezazo en el pecho del abyecto Materazzi en la final del Mundial 2006. Un borrón que incluso ayudó a acrecentar la leyenda del francés, quien jamás ha querido desvelar que le dijo el italiano para provocar su expulsión, siguiendo el particular código de honor futbolístico de que lo que pase en el campo ahí permanezca.

Es en esta convivencia de caracteres donde el actual Real Madrid encuentra parte de su éxito, siendo capaz de admitir con la misma normalidad el estruendo de Ronaldo junto a la tranquilidad de su técnico. Conviviendo el ego depredador del delantero portugués y su capacidad para romper todos los registros goleadores posibles con la imperturbabilidad del sereno entrenador francés. Un Real Madrid donde la egolatría desatada se da la mano con la elegancia y el estilo del estoico ídolo francés. Mal que le pese a mi querido y admirado Boyero, la combinación acaba resultando fascinante.  

cris y zz

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