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Sergio LLull, de Mahón a Madrid pasando por Manresa.

Para cualquier aficionado al baloncesto en general y madridista en particular, escuchar el nombre de Sergio Llull Meliá es una invitación a ponerse en pie, a sentir una honda satisfacción por poder disfrutar en esta competición llamada Liga ACB del juego de un verdadero crack.

Sergio, o Sergi, le podéis llamar como queráis en el caso de que un día tengáis la suerte de cruzar unas palabras con este tipo encantador. Tiene un fuerte espíritu ganador, es simpático, tímido, aficionado a la Wii y la siesta, muy activo en redes sociales, maniático de la limpieza y el orden, odia la mentira, le mata madrugar pero la siesta le devuelve la vida, es impaciente y muy puntual. Lo mismo puedes verle en una cala menorquina, que en un centro comercial o en “Pasapalabra”, programa al que acudió con su ex compañero Willy Hernangómez y Felipe Reyes.

Nació en Mahón, hijo de jugador y nieto de entrenador, en la mágica isla de Menorca, hace 29 años. Por allí comenzó su (como dice el tópico) meteórica carrera baloncestística. Desde bebé ya escuchaba el característico rechinar de las zapatillas sobre el parquet. Asegura que en los recreos engullía el bocadillo con la misma velocidad que ahora se desliza por el parquet en sus fulgurantes contraataques, para correr a por el balón y gozar de su deporte preferido, su pasión. Le gusta el fútbol y también lo practicó, pero aunque él mismo dice que no se le da mal, se decantó por la pelota y la cesta. De hecho su hermano y él fabricaban improvisados aros y bolas con papel y celo en su habitación para jugar allí mismo.

Con cuatro años cuentan que ya botaba el balón con bastante corrección y comenzó a entrenar. Indudablemente, llevaba el bendito veneno del balón, el aro y la red en la sangre y aquello ya no había quién lo parara. Con cinco ya jugaba en el equipo del Colegio La Salle de su Mahón natal. Paco, su padre, que jugaba como alero y tenía una muy buena muñeca, sin duda echaba horas con su pequeño aspirante a campeón de todo. Y allí fue creciendo de niño a adolescente, de jovencísima promesa a tierna certeza.

A la temprana edad de 14 añitos, llega su primer hito: se permitió el lujo de repartir en un choque contra el segundo clasificado 19 asistencias y anotar 72 puntos en un partido sin prórroga con su club de entonces, el C.B. La Salle de Mahón. Aquella temporada jugaba en la categoría cadete, pero ya apuntaba maneras. Tanto es así que la prolífica cantera del Ricoh Manresa se fijó en él para sus categorías inferiores, y a los pocos meses, a los 15 años ya hacía las maletas para dejar su isla natal. Un valiente. Creció mucho como persona al abandonar su hogar con tan temprana edad, pero sus compañeros de piso y equipo formaron una piña en torno a él. Dicen por su segunda casa que bromeaban con Sergio, al que decían que era más madridista que D. Santiago Bernabéu.

Con 19 años recién cumplidos debutaba en ACB con los manresanos, jugando también para adquirir experiencia y minutos con su equipo de la LEB. Como premio a su buen hacer, ni más ni menos que debutaba con la Selección española júnior, oro en Zaragoza al lado de Chacho Rodríguez y Carlos Suárez, entre otros (serían plata dos años más tarde).

Esa misma temporada, ya el Real Madrid le había echado el ojo, hubo un intento anterior, y sin más saltó sobre él para hacerse con sus servicios sin que terminara la temporada, en mayo. La llamada fue un martes y el jueves ya había cambiado el rojo manresano por el blanco madridista en los entrenamientos.

El contrato era por ese final de campaña y dos más. Ni el club ni el jugador sabían por entonces que la relación sería mucho más duradera, por el bien de ambos y nuestro, felices aficionados. De hecho jugó ya de blanco esos Play Offs por el título bajo las órdenes de Joan Plaza, uno de los valedores de su fichaje, apoyado en la decisión por Antonio Martín y Alberto Herreros, responsables técnicos de la sección. En Madrid, Raúl López fue quien más le ayudó, hasta el punto de prestarle el coche de su novia para que el joven Sergio pudiera desplazarse por la capital. Ciudad que le apasiona, por cierto, pero no pierde la ocasión de hacer patria o volver a sus orígenes insulares.

Aunque su ídolo es Michel Jordan, el mejor jugador de todos los tiempos según Sergio y por el que lleva el 23 a la espalda, también es un gran admirador de Zidane (al que considera el MJ del fútbol y es habitual verle por el Bernabéu para disfrutar de los partidos de la sección reina), Arlauckas, Herreros y Felipe Reyes. Pues bien, como los grandes, fue llegar al Madrid y besar el santo. Sólo un mes después de su blanco bautizo, ya podía presumir de haber ganado un título: la Liga ACB. La primera de Sergio y la que hacía el número 30 para el Real Madrid. Curiosamente, el club de Concha Espina quería haberle firmado un año y pico antes, pero el jugador rechazó la oferta, de la misma manera que ya había declinado previamente enrolarse en las filas del F.C. Barcelona pese a la insistencia de Zoran Savic, director deportivo blaugrana.

             

Nada tiene Sergio en contra de la institución catalana. De hecho mantiene una gran relación con jugadores como Juan Carlos Navarro, y confiesa que recibir su felicitación le alegró especialmente al conquistar su única Euroliga… hasta ahora. Pero Llull es blanco de nacimiento.

En su segunda temporada en el Madrid, quedó subcampeón en la votación al Jugador revelación y elegido en el draft por los Denver Nuggets de la NBA para ceder al poco tiempo sus derechos a Houston Rockets, en cuyo poder permanecen, franquicia que lanza sus cantos de sirena sobre Sergio cada cierto tiempo. Ya sabemos que esa espada de Damocles amenaza la presencia de El Increíble en el Madrid, pero nuestro crack ya ha repetido por activa y por pasiva que esta es su casa y que de niño soñaba con jugar en el Madrid, no con la NBA.

Al finalizar esa misma temporada, el club amplió el contrato con Llull por dos años más, lo cual viene sucediendo cada vez que la unión jugador – institución cree conveniente, pues la historia de amor es idílica.

En ese momento también fue preseleccionado por Sergio Scariolo para disputar el Eurobasket y quedando en la lista definitiva al caerse por lesión Berni Rodríguez. Conquistó con España ese campeonato, aunque su aportación no fue muy llamativa, pero sí cabe destacar que fue utilizado por Scariolo como alborotador de partidos trabados o en momentos delicados. Dos años después revalidaría título ya con un papel más preponderante en el Eurobasket disputado en Lituania. En 2012 fue medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Londres al perder la final ante unos Estados Unidos que vieron relativamente cerca la derrota. En 2013 fue el bronce lo que conquistaron en el Eurobasket de Eslovenia, oro en el de 2015 y este mismo verano ha repetido metal en los Juegos Olímpicos de Río ante Australia en la lucha por la presea, tras un dubitativo periodo preparatorio veraniego e inicio de campeonato.

Volviendo a sus labores en la casa blanca, aunque poco a poco su evolución iba dejando entrever a un jugador diferente, fue un encuentro de Euroliga ante Siena el que terminó de encumbrarle ante la afición. Quedaban menos de dos segundos para el final del choque, y un lanzamiento triple suyo daba el basket average a los blancos frente a los italianos. Esa fue la primera de tantas canastas decisivas y sobre la bocina que le han hecho tan famoso y tan querido por cualquier aficionado al buen baloncesto. Su primera mandarina blanca.

Aunque no siempre fue así. Él siempre soñó con anotar la canasta del triunfo, con convertirse en un “buzzer beater”, un “clutch player”, pero durante un tiempo se le resistió y hasta le costó algún disgusto, como aquel lanzamiento errado in extremis con la selección contra Turquía en el Eurobasket. Precisamente se produjeron ambos intentos de canasta en la misma temporada, tanto la del triunfo ante Italia como la que no entró ante los turcos.

Pero una de las virtudes de Sergio es no arrugarse nunca y querer vencer hasta soñando. Plaza, Messina, Scariolo y Laso, al que acusan en algunos círculos de concederle demasiada libertad, siempre confiaron en él cuando más calienta el sol para resolver las peliagudas rectas finales de partido. No hacen falta recordar aquellos tres puntos desde 21 metros en la Fonteta contra Valencia Basket o la increíble canasta anotada sobre el pitido final en esa final agónica de Copa ante F.C. Barcelona… “Mandarinas Llull”, marca registrada.

Bien, tras esa Liga ganada con Joan Plaza en el banquillo, llegó un pequeño período de sequía con Ettore Messina en el banquillo, hasta que aterrizó un Pablo Laso en forma de apuesta arriesgada de Sánchez y Herreros, actual entrenador y principal responsable de una de las épocas más doradas de la sección. La pedrada fue certera. Llull levantó esa temporada su segundo título, una Copa del Rey al vencer al F.C. Barcelona en territorio hostil. Sergio fue elegido MVP.

La siguiente temporada, ya como uno de los principales baluartes del equipo, alzó Supercopa de España y Liga Endesa, ambas derrotando al F.C. Barcelona, y rozó la Euroliga al perder la final ante Olympiacos, en un encuentro de doloroso recuerdo para alguien tan ganador como Sergio, puesto que los helenos levantaron 17 puntos de desventaja.

En la campaña 2013 - 14, el Madrid se alzó con Supercopa de España y Copa del Rey, con una “mandarina made in Llull” nuevamente ante el F.C. Barcelona. También fue subcampeón de Liga y Euroliga.

Y llegó el éxtasis general en la “perfect season”, la 2014 - 15, ganándose los cuatro títulos en liza: Supercopa (Llull fue elegido MVP del torneo), Copa del Rey (alzándose Llull con el premio al MVP de la competición), Liga (con 3 - 0 al F.C. Barcelona y Llull elegido MVP) y Euroliga (tercera final consecutiva, casi nada), la ansiada “Novena” que llevábamos esperando desde el año 1985. Tercera vez que la sección lograba el triplete y primera vez que un club español lograba el pleno al cuatro.

La pasada campaña vino marcada por un verano sin descanso para los internacionales blancos, que llegaron agotados física y mentalmente por la falta de asueto estival y castigados por las competiciones veraniegas al Mundial de clubes disputado en Brasil. Fue prácticamente bajarse de un avión para subirse a otro, pero el título voló rumbo a Madrid. El primero de esa campaña, que fue aderezada con Copa del Rey cuando el equipo no partía como el principal favorito y una nueva Liga arrebatada a al F.C. Barcelona, pese a disponer los blaugranas de la ventaja de campo.

El equipo tocó fondo en un Play off durísimo contra Fenerbahce. Se perdió por 3 – 0, pero quizás marcado por aquel minuto de aplausos con el que un abarrotado Barclaycard Center premiaba en la más amarga derrota a un plantel que había obsequiado a su afición en los últimos años con tantas alegrías en forma de títulos y momentos espectaculares, únicos en el viejo continente y casi en el planeta baloncesto. Don Pablo Laso habla de aquel minuto de homenaje con el mismo cariño y emoción con que recuerda los títulos conquistados.

Nos encontramos cerca del ecuador de una temporada ilusionante, en la que la subida del límite salarial en la NBA ha alborotado el mercado europeo. Ese hecho no ha impedido que Sergio diga de nuevo un rotundo ”¡NO!” a su salida de nuestro Real Madrid. Él, Rudy Fernández, y quién sabe si algún componente más del vestuario blanco, han preferido permanecer en tan insigne institución. Afrontan el futuro con ilusión y además cuentan con las ganas de competir y el hambre de títulos que aportan nuevas incorporaciones más o menos adaptadas ya como Othello Hunter, Anthony Randolph o Dontaye Draper ensu segunda etapa de blanco, además de la pujanza y el continuo crecimiento deslumbrante del imberbe Luka Doncic, que a buen seguro mira con satisfacción a su rival por un lugar en la cancha y compañero en ocasiones, pero siempre espejo y maestro, al 23 de blanco. Con la misma admiración mirará a su compañero de habitación, Felipe Reyes, y con atención le mima Paco Redondo, todo un padre deportivo.

A punto de cumplir 29 años, Sergio Llull Meliá juega su undécima temporada de blanco. Es uno de los buques insignia del proyecto Laso, que con una base establecida y duradera, aspira a conquistar Copa, Liga y Euroliga. Consagrado desde hace tiempo como director de orquesta titular pese a sus inicios como escolta, se encuentra más forzado aún a mover el equipo por la salida de Chacho rumbo a la NBA. Nos encontramos pues, en manos de este chico de cara afable, angelical y casi adolescente. En plena madurez, su espíritu indomable, su afán de mejora, su espíritu de campeón y su físico exuberante, nos hacen creer y estar convencidos de que nos encontramos en las mejores manos.

No imagino una mejor prolongación en el parquet de nuestro entrenador: ese Pablo Laso que tanto nos ha hecho y según dice nos seguirá haciendo disfrutar con su estilo (innegociable), el estilo Real Madrid Baloncesto. El estilo Laso. El estilo Llull.

 

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