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Crónica F.C. Barcelona Lassa 85 - Real Madrid C.F. 75.

Draper RiceTirando de tópicos, nunca se puede ganar y cabe dentro de lo posible perder aunque perder en territorio enemigo siempre es doloroso para cualquier aficionado. Los que estamos demasiado mal acostumbrados a la derrota, como ocurre en el caso de los madridistas, sufrimos especialmente cuando ésta se produce. Imperfecciones del ser humano. En lugar de pensar que es un simple accidente, que lo habitual es ganar y que en el caso del portaaviones blanco, hasta jugando bonito con asombrosa regularidad, nos fustigamos de forma inmisericorde como si hubiéramos descendido para toda la eternidad a Liga LEB Oro, Plata o Chocolate.
Todos nos relamíamos con un paseo militar en esa cancha que huele tanto a baloncesto y a historia de nuestro amado deporte, el palacio blaugrana. Si nosotros lo hicimos, quizás nuestros chavales también, quién sabe… Nuestro más encarnizado rival, el que más nos teme y al mismo tiempo el que más nos respeta, el que suele utilizar sus enfrentamientos contra vosotros para lamer sus heridas y en muchos casos justificar incluso algunas temporadas mediocres, nos esperaba con el cuchillo entre los dientes y una granada en cada bolsillo, un bazooka a la espalda y nitroglicerina en la boca para escupirla en nuestra cara.
Desde antes de lanzarse el balón al aire, ya se detectaba la tensión, se escuchaban los motores enemigos revolucionados, y la marabunta que por miles de efectivos poblaba las gradas bullía con los ojos inyectados en afán de victoria. Las bajas en refriegas previas habían diezmado claramente al ejército del general griego, lo que pudo, inconscientemente hacer confiarse a unos soldados de blancos curtidos en mil batallas, unos jugadores que han salido vivos de encerronas tan agobiantes como esta y peores, pero el hambre de victoria, la sed de redención, el ansia por destrozar la mesa de un puñetazo ganan partidos también, no sólo la superioridad en efectivos y en calidad. La intensidad es un arma de destrucción masiva, y a estas horas Laso debe estar buscando trocitos de Llull, Randolph, Jaycee y demás afectados por la onda expansiva. La confianza, el espíritu campeón y el ansia de títulos son el mejor pegamento para volver a colocar cada pieza en su lugar y que no vuelva a salirse de ahí.
La intensidad defensiva bloqueaba cualquier atisbo de circulación de balón de los de Laso, y el hambre, la hipermotivación de las mermadas tropas barzokistas machacaban inmisericordemente la mandíbula del gigante blanco, que desde ya se puede intuir, terminaría cayendo a la lona con la boca ensangrentada y la mirada perdida. Quizás dimos por ganado el combate al ver el lujoso cinco inicial presentado, el habitual formado por Llull, Rudy, Maciulis, Randolph y Ayón. Ninguno de ellos llegó ni a 7 puntos anotados. Esclarecedor.
“Hay que jugar con más ganas. El Barcelona quiere el partido y nosotros no”, decía Chapu al descanso. Es lo mismo que se nos pasaba a todos por la mente, la diferencia de ganas de hacer sangre en el rival era abismal, incluso con la falta en sus filas de cinco piezas importantes. Laso sabía que sus chicos no estaban dando el do de pecho y se lo estaban hundiendo a empujones.
Sólo desde la defensa se puede parar el ataque más demoledor del continente y a fe que la idea funcionó. Si a esa defensa hiperactiva sumamos que un Sergio Llull convertido en mascarón de proa del acorazado blanco, arrastra molestias físicas leves, cansancio mental o físico, o todo unido hasta el punto de no disputar ni 19 minutos, no está a su nivel (ese al que tan mal nos ha acostumbrado) cuadra el por qué del naufragio. Ni Rudy, Ni Jaycee, ni Randolph ni nadie pudo tomar su relevo y echarse al equipo a la espalda. Draper (el que más anotó para el Madrid, curiosamente), Nocioni y Hunter (el más valorado con 16) fueron los tres máximos anotadores del equipo, con algunas gotas de Taylor en la primera mitad. No hace falta decir nada más.
El Madrid ya dio muestras contra Galatasaray de no encontrase en un buen momento de juego, resolviendo el partido en la recta final y dejando el marcador definitivo en más nueve por un triple sobre la bocina de Rudy. Las sensaciones vienen siendo no del todo buenas y quiero pensar que Laso y su cuerpo técnico tienen controlados los picos de forma de la plantilla. Recordemos que hace nada perdimos casi todo al final por estar como tiros por ahora.
El resultado con el que se llegó al descanso, 49 – 33, es más esclarecedor que nunca, y eso que hubo un engañoso 20 – 15 unos minutos antes. No nos funcionaba la defensa ni el ataque. Así es imposible, máxime cuando nuestro mejor hombre ofensivamente hablando estaba siendo un Nocioni al que Laso dosifica con mimo esta temporada más que nunca, al que siempre le motivan especialmente las caricias del alambre de espino en sus curtidas y anchas espaldas.
Lasina debió haber de nuevo, como el jueves, en las tripas del palacio catalán, porque el Madrid salió algo más acertado en ataque, pero la defensa continuaba demasiado laxa para las embravecidas tropas locales. El intercambio de canastas en los primeros minutos del tercer cuarto, no beneficiaba al Madrid que seguía a 14 ó 16 puntos por debajo. Nada de recortar distancias, salvo al final del tercer cuarto protagonizado por Rudy, Llull o el mismo Ayón, que colocaba el 61 – 49 al recibir el balón en la zona, masacrar el aro y provocar un tiempo muerto local para cortar cualquier amago de revivencia. Nada. Engordar para morir. No andaremos con rodeos.
Quizás especialmente llamativo el discretísimo rendimiento de Randolph, el tanque más flamante de nuestro ejército. Sólo mostró su brillo más deslumbrante a 4 minutos del final del tercer cuarto, con un robo en defensa, contraataque impropio de sus 2’11 y matazo. Esos serían sus primeros y últimos tantos. Podría haber sido el punto de inflexión a título personal y despertar al equipo, pero no fue así. Quizás la rabia con que celebró el mate, despejando el balón y jugándose una técnica, reflejaba el descontento personal y con el resto del equipo.
Con 65 - 53 se llegaba al final del tercer cuarto después de ver cómo por fin el balón era muy bien movido, con soltura y velocidad y llegaba un triple franco de Draper. Dontaye aportaba buenos minutos, puntos y dos triples y Hunter reboteaba con acierto, lo que permitía llegar con vida al Madrid a los últimos diez minutos.
En la recta final, a vida o muerte, las diferencias se estrecharon mínimamente, quizás por el cansancio local, bajada de intensidad y un atisbo de esperanza, rayos de sol entre la tupida niebla. Con 80 - 71 y posesión para el Madrid, tuvo Jaycee un lanzamiento triple que no entró. Era la última bala, como la que tuvo Draper minutos antes. A ambos se les movió el objetivo en el último instante, que podría haber herido al crecido enemigo, la posibilidad de haberle vuelto accesible, pero el balón rodó sobre el aro y con él las últimas esperanzas blancas. Previamente a ese espejismo, el Barcelona había estado 19 puntos arriba. Sólo un parcial de 1 a 13 había acercado a los de Laso. Para nada. Al menos demostraron arrojo y resistencia a la derrota sus muchachos.
La quinta personal de Ayón después de fallar él mismo dos tiros libres e ir con furia a por un rebote, consecuencia de un lanzamiento triple posterior, era un capítulo de menor importancia en esta novela bélica con un final anunciado desde apenas comenzar el prólogo.
Con 84 – 73, Hunter lanzaba su desesperación contra el cristal desde más allá de la línea de triples. No es para culparle a él por ello, es un reflejo de lo que les ocurrió a todos. El enemigo descorchaba el cava mientras el favorito capitulaba por fin.
El marcador final quedaría en 85 - 75 con tiros libres por ambos bandos y un Nocioni expulsado tras encararse con Rice y tener sus más y sus menos con los colegiados. Chapu es alérgico a las derrotas y más en ciertos campos de batalla. Nada que reprocharle.
Como al resto del equipo. ¿Falta de aptitud? No. ¿De actitud? Eso es una percepción libre de cada uno. En cualquier caso, no olvidemos que para ganar la guerra, a veces hay que perder alguna batalla, aunque sea tan dolorosa como la sufrida en cabo blaugrana. No se preocupen, la revancha es un plato que se sirve frío. Tanto como el afilado acero de una espada.

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